domingo, 10 de enero de 2016

Vivir sin sueños.





La terapia se hacia desde el mutismo, escuchando los susurros de los viejos sabios que desde el silencio te escuchaban y te expresaban en sus largos acordes como debías actuar. Las anécdotas eran simples recuerdos endulzados, con la savia de nuestros recuerdos.


Me quede sin sueños, ardieron como arden los bosques, dejando todo muerto a su paso, con gritos incombustibles de los árboles que eran difuminados crujidos, de sus hermosos troncos. El olor se podía oler en muchísimos kilómetros, el humo se podía ver de occidente a oriente, se mezclaba y se disolvía con el aire, todo un ciclo perfecto que hacia mágicamente renacer todo lo muerto. Sabia con verdadera admiración que la vida volvía más fuerte, el tiempo ese manido simbolismo, que creaba ciclos anuales que solo eran necesarios para tranquilizar nuestras almas, que se regían por un orden disciplinario que estaba impuesto para consolar nuestros corazones habidos de nuevos y admirables retos.

La vida era insulsa, insustancial, inimaginable, insípida, incoherente, intrascendental, inconexa y sobre todo imprecisa. La aventura quedaba relegada a ver pasar el viento que trasformaba encantadamente las nubes en tonos violáceos quemadas por el astro rey, cuando la tierra benévola arrebata el sol de nuestra vista. La estoica paciencia se revolvía en mi alma, el pacifismo convencido se hacía difícil con gentuza que no merecía la advenediza locura que ponía mi absoluta y estoica visión del mundo patas arriba. Respiraba alterado, apretando la mandíbula, la inconstancia enfermiza que padecía me dolía, solía distraerme como un loco en cosas inconstantes y absurdas. Quería ser como mi héroe, ya no me encontraba ilusionado locamente como aquel joven, que tiempo atrás había mejorado, pero en ese transcurso había perdido a su niño.

Me retorcía como una serpiente, dando vueltas sin sentido, solapando los movimientos artificiales de mi reptil cuerpo, las convulsiones no dejaban ver lo que en realidad mi anatomía, mi cerebro o incluso mi alma intentaban expulsar, la incertidumbre, la maldad, la ambición loca, la ira racional que mi ser intimista esta creando, me hacia sentir mal. Temía temerme a mi mismo, pero la irracionalidad de lo irracional me hacia tender a perder la paciencia. Volvía siempre al pacifismo activo, aquel que iniciaba la guerra para poder lograr la paz, que era una cuartada perfecta para la diabólica teoría de terminar radicalmente con lo que potencialmente te hacia daño. Conseguía sin éxito que pasara, soltaba sin querer alaridos que recordaban los gritos de dolor.

Odiaba a la gente que te hacia sentir insignificante, sabiendo fehacientemente que tu, y solo tu, eres el culpable de esa maldita sensación, luchaba todos los días por superarme, por sobrepasar mi guerra, mi guerra interna. Y seguir ilusionandome por seguir amando al ser humano.


3 comentarios:

Daniel Borreguero dijo...

Muy bueno veo que vas mejorando día a día sigue así. Un abrazo y ánimo

Daniel Borreguero dijo...

Muy bueno veo que vas mejorando día a día sigue así. Un abrazo y ánimo

Anónimo dijo...

Estas muy inspirado!!! ¡¡¡Animo para vencer la lucha interna!!! Sabes que siempre después de la victoria hay algo nuevo por que luchar. Te amamos Isabella y Charlene