domingo, 14 de septiembre de 2014

Serie: Fragmentos de una vida. El fracaso y caída es la única vía para superarse como ser humano I.

Seguro que sale bien dijo el hombre de negro con una bella sonrisa. El papel ponía esa dirección y esa hora. El fotógrafo no estaba allí. Estaba sucio y olía mal en la calle, no se veía nada, las farolas habían sido apedreadas, el cristal de la bombilla era inexistente, pero me propuse que eso no iba echarme para atrás. Cuarto de hora después un hombre mal vestido con gomina en el pelo salió a recibirme. No era la primera vez que lo hacía, ni tampoco sería la última. Siempre me gustó jugarme el tipo. Me dijo hola despectivamente, sus ojos se fijaron en las transparencias de mi blusa. Ayer en la mañana me había pasado un contacto la dirección. La seguridad me hacía tener una barrera psicológica que no me dejaba bajar la guardia. La habitación estaba oscura, una vieja bombilla dejaba la estancia en una casi total penumbra. Una rata gigante pasó rozando el grifo que había al lado de una pila antigua. Se paró en el mismo instante que me vio, meditó en la oscuridad si seguir o pararse. No le debí parecer peligrosa porque alegremente siguió su marcha y se metió por un agujero estrecho, pensé que no conseguiría pasar. El hombre estaba sentado observándome. Sus facciones eran asiáticas, sus ojos eran casi inexistentes, en las dos líneas perfiladas con pestañas se veía una estraña curiosidad. Me centré en lo necesario, distribuí el trabajo con voz de mando. Las cosas empezaron a fluir, siempre que me estresaba fumaba un cigarro tras otro. Empecé a fumar cuando tenía trece años, la estúpida adolescencia, llevaba más de veinte años con este inútil vicio. No le tenía odio, solo sentía una estúpida incomodidad, me habían robado un iphone hacia menos de un mes, curiosamente fue un chino.

Empezó a gritar como loco que lleva el diablo. Mezclaba varios idiomas. Solo llegué a comprender una cosa:
- ¿Que es lo que quieres de mí?
Lo único que quería es que me dejara trabajar y se callara. Pero siguió, en un movimiento estremecedor la cabeza tocó un clavo, el sonido hueco dejó paso a un silencio estrangulador. Estaba herido, con un agujero que sangraba y ya no respiraba. Me quité los tacones y salí corriendo. El fotógrafo me frenó en seco, una bofetada me llevó de un golpe a la realidad. Cogimos el cadáver y lo envolvimos en un par de bolsas negras . Lo metimos en su coche. La madrugada estaba empezando. Me costó encender el marlboro, me templaba la boca por la temperatura, inhalé una bocanada que consumió medio cigarro, la garganta me picaba, el humo pasaba como un rascador, los pulmones estaban a punto de estallarme. El frío hacía que los dedos se congelaran, se me quedaron pegados en la puerta de la vieja ford. Recogí el maletín, la máquina de pasaportes y pensativa me senté en el coche. Las tres y cinco marcaba el reloj, en menos de cuatro horas tenía que levantarme. Maldita mi suerte, siendo mileurista no llegaba a fin de mes, me había costado mucho sacar la máquina del trabajo. En momentos así me sentía peor que una rata. Conduciendo el coche me dejé llevar como una cucaracha en un contenedor de basura.





La frustración es una sensación indescriptible,  tu mundo se derrumba, pero a la mañana siguiente te tienes que levantar con ganas de cambiarlo. Gracias a la oportunidad de estar otra vez en la carrera de la vida.


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