domingo, 7 de mayo de 2017

Mama












Recuerdas aquella canción de cuna, aquella que sonaba en la lejanía, en los brazos, en la cuna. Hoy la escucho en mi cabeza, ha sido repetida y versionada por sílabas certeras, enriquecida con ripios, algunas con palabras cercanas que acurrucaban al durmiente. Es suave la melodía, aunque no quiera dormirme, me motiva cuando estoy triste, la canción vuelve como alivio al alma. Los sonidos sonaban, no recuerdo si por fandangos o por alegrías, en un escenario grande con aullidos pequeños, los aplausos llegaban. Aunque las nanas si se cantan con amor no importan de tono, timbre o ritmo. 


-Mamá te quiero - dije gritando al vacío, te abracé en la soledad de mi pensamiento, el miedo, si, el absurdo miedo, sentía dolor por no pronunciar, por no decirte todos los días que te quería. Ese nudo en la garganta que nos hace tropezar, que nos hiere irremediablemente y que nos hace más vulnerables. El miedo es el más incapacitante de las emociones, al valiente le hace temeroso, al bueno despiadado y al amado se le hace el olvido. Como el movimiento del mar todo sucede sin darte cuenta, mientras la imperceptible marea sube el agua.


No es buen corazón es simple misericordia. Lo pasado pasó, y el presente está abierto para aquellos que quieren vencer la adversidad. No somos otra cosa que recuerdos moldeados que no tienen color. Nunca te vi sufrir, nunca te vi rendirte, nunca te vi desfallecer, nunca vi que aflojaras el pulso, nunca te vi llorar aunque en lo más profundo de tu corazón estuvieras desolada. 



Canciones a mi abuela, Isabella.

Un rotulador de color blanco
que es de color naranja como
los corazones son rojos expresan
el amor que te tengo abuela.

Salen las luces al puerto
en la luz de mi cariño.
Las flores salen.
Abuela te quiero.


Isabella y papa.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Vida, solo pido vida.


La noche estaba empezando, la lluvia envolvía todo, como la oscuridad envuelve a la luna, adornando su universo para ser la pieza más sensible, la compañera más melancólica de las estrellas. Mi corazón estaba frío, había sentido demasiado. Aquella noche olía a sudor, un olor metálico-dulzón envolvía mi cuerpo, todo se adueñaba de mi, la jornada había sido dura, el corazón estaba activado, dolorido, destruido, casi muerto, simplemente me quede inmóvil viendo durante minutos la luz de mi despertador que reflejaba en el techo las horas que habían pasado en esa dura madrugada. Me sentía exhausto, era tan delicado como la flor que es recién cortada, era un ser frágil e indefenso. No era un luchador, ni tampoco un valiente, era de los que me ocultaba cuando había problemas, era de aquellos que corría cuando los otros no soportaban mirar hacia otro lado. Sí, había luchado, pero me sentía vencido, hundido, no sé si podría volver otra vez a pelear, el golpe era solo psicológicamente proporcional a lo mismo que tu corazón siente. Había entendido que a las normas naturales no se las podía vencer. El tiempo era para los adultos, yo quería ser igual que un niño que no ve más futuro que el que vive en ese momento. Las lecciones se aprenden a cualquier edad, las leyes universales que están escritas y que nos dan fuerza están muchas veces ocultas en los misterios de la naturaleza. Aquella noche no podía deslumbrar todo lo hermoso que tenía la vida, solo sentía dolor, un dolor especialmente amargo. Nadie sabe el dolor, nadie sabe las palabras que se quedaron en la oscuridad, ya no sabía nada, no entendía por qué luchaba, no sabía por qué debía hacerlo. Nadie nos enseñaba a tener una vida sin volver a tener contacto. Así sin palabras nos dejó extenuados la vida.
"No quiero pensar porque no quiero que el dolor del corazón se una al dolor del pensamiento." Emilio Castelar.
En recuerdo de mi Tia Joaquina.

sábado, 2 de julio de 2016

La agradable cotidianidad.



Estaba como un grumete en la popa de un barco. Desorientado, traspuesto, agitado con incansables náuseas. Había comenzado una sopa de letras aquella mañana, tachada se me resistía, me llevó más de quince minutos encontrarla, parecía otro día más. Pero por arte de magia como pasan las cosas que no tiene mucho sentido me sentí conmocionado. 

Eso ocurrió mucho después de haberme levantado. Hice pis, me lave los dientes y rematé la jugada con enjuague bucal. Recorrí un laberinto hasta llegar a la cocina, molí café, tenía la boca seca y bebí un poco de agua. Puse la cafetera, una nesspreso de acero inoxidable de dos tazas, la inducción en menos de dos minutos había llegado al punto de ebullición. El torrefacto café salía silbando, esparciendo su aroma por todos los lugares de la casa, era tan fuerte el olor del café arábigo que si no sabías donde estaba la cocina un mapa de olores te llevaba hasta allí. Baje las escaleras de dos en dos, rápidamente compre una barra, era blanda por fuera más aun por dentro, crujiente, tierna, blanca, esponjosa y sobre todo recién hecha, todavía estaba calentita. Saque queso havarti y mortadela siciliana, las lonchas eran finas, no traslúcidas pero si con consistencia suficiente para hacer un bocadillo de un rey. La bandeja era un bodegón, una manzana, una coliflor, un melón pepinero y unas piezas de caza. Coloqué café puro en una taza azul, cuando mezcle la leche, la gravedad hizo su efecto descendente, por un arte místico una marea ascendente mezclo el café sin necesitar cuchara. En el lado derecho un pequeño jarrón de madera, sobresalía una flor amarilla que había recogido Isabella en el campo. El pivote de plástico mediante rozamiento había producido un exquisito zumo, en la izquierda un vaso de naranja recién exprimido. Después de un minuto el típico sonido del microondas me advertía de que ya estaba caliente, cogí el café y lo puse en la bandeja encima justamente del plato donde llevaba el bocadillo, su composición era de catálogo, era tan apetitoso que me sentí orgulloso de mí mismo. El laberíntico recorrido al dormitorio era un claustrofóbico pasillo que parecía una broma macabra. 

Todo cambió, de repente la habitación se iluminó, un sol radiante entraba por la ventana, fue inesperado, casi mágico, algo mareante, revueltamente nauseabundo, me dejo transpuesto, insomne. Al ver su mirada lo que llevaba años sintiendo eclosiono, era simple amor, la inabarcable sensación que ningún poeta había sabido describir por las múltiples tonalidades que tenía.

domingo, 12 de junio de 2016

Saudade.




Por las mañanas cuando despertaba se quedaba viendo las olas, el hipnótico azul, la brisa marina, el color anaranjado de las nubes desvelaba el amanecer, tenía la capacidad de distinguir el olor de la salitre, conectaba mágicamente con todas las partículas de su cuerpo.

 
Llevaba sus hawaianas puestas y un pantalón vaquero desgastado, fumaba pausadamente un puro, en las horas nocturnas parecía un faro. Se arrimaba al agua cuando se sentía triste, se abarloaba con su vieja barca en la marisma y así volvía rápidamente a su estado natural, la alegría. La salitre rápidamente se pegaba, sus labios agrietados sentian un alivio instantáneo, rotos por el viento que los rozaba. Siempre le había sorprendido la mágica relación del céfiro con la piel. 


Los momentos cuya melodía nocturna le acunaban, dormía pronto, pero cuando la mar estaba en pausa, toda la noche podía estar despierto añorando su tranquilizador estruendo. Anhelaba con tanta fuerza la mar, que desde que sus ojos no la veian sentía saudade, sobre todo cuando descansaba su cuerpo en la roca salada. Siempre le había gustado esa palabra, antes incluso de saber su significado, la mágica espiritualidad de los símbolos escritos lo abrumaba prácticamente hasta la locura.


Todavía recordaba esa noche, su cara era todavia joven y no llena de vertiginosas arrugas. Una bella mujer, unos ojos negros grandes como los de un gato, pelo ensortijado hasta la cintura, su cuerpo tostado contoneaba una cintura estrecha con unas piernas inmensamente largas. Había pasado semanas lanzándole miradas suntuosas, durante dos días busco sus ojos por todos los sitios pero se habían ocultado, estaba desaparecida. En la salida de una puerta almidonadamente adornada cogio furtivamente su mano, su boca rozó su oído, entonces escucho con tonalidad musical esa palabra, todavía recordaba la horda de sensaciones sin disciplina que recorrían su cuerpo inexperto. Las noches en que bebía recordaba, y cuando recordaba solo sentía que el que no tiene nada solo sostiene su presente con los hermosos tiempos del pasado.


Inhalo con fuerza, sus pulmones se llenaron de oxígeno, se sumergió en su elemento, bajo rápidamente a dos metros de profundidad para coger caracolas. Los movimientos armoniosos le conferían un aspecto de delfín. Si no sentía la mar sentía saudade.

martes, 24 de mayo de 2016

El vigía.






La ventana oscura no dejaba ver el amanecer. La chaqueta estaba ajustada, desgastada prematuramente por los codos. El pantalon oscuro tenía el tiro largo. Me quedaba suelta la camisa, era dos tallas más grande. La defensa en su sitio.


Un cristal roto, vandalismo salvaje otra noche, dimos parte. Mi compañero tarareaba algo, parecía contento, por lo que pude intuir su hijo había sacado mejores notas de lo que pensaba. Bajamos del vagón, un grito, corrí, un sollozó, un abrazo, un retorno, las sirenas llegaron, todo acabo. La estación estaba vacía, la paz había vuelto, él volvía a  tararear.

domingo, 1 de mayo de 2016

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?



- ¡Oh! querido Sancho,  ¿qué ven mis ojos?. ¡Allí!  A lo lejos mis Google glass ven lo que parecen ser gigantes.

- Don Quijote, el zoom óptico de las mías,  solo deja entrever lo que son las aspas de un molino. Sin lugar a dudas la inclinación del sol, el trigo amarillo refleja su color y ciega vuestros ojos.

- ¡Imposible! Lo que ven mis ojos son gigantes vestidos de blanco,  sus espadas son altas, de más o menos unos veinte pies. ¿No escuchas Sancho los gruñidos?--dijo don Quijote con voz de enfado.

- Mi señor los rugidos son las muelas de los molinos, que al movimiento de las aspas mueven los engranajes. Es tan leve el sonido que mis viejos oídos no lo llegan a escuchar.

- Mala suerte la mía querido Sancho, mi varita no funciona, los duros achaques que me sobrevinieron me hicieron tropezar encima de ella. Bien sabes que de un solo requiebro de mi muñeca hubiera echo desaparecer a esos malignos gigantes.

- Eso no lo dudo, aunque soy analfabeto, de esos inocentes que saben leer y escribir pero a los que les cuesta discernir las más variopintas situaciones,  no es que me guste presumir de mi ignorancia pero uno con la edad sabe sus limitaciones. Sabía de su amor por los libros de fantasía, de su meticuloso estudio sobre la verdad de Harry Potter y la fuerza oculta de Gandalf en los reinos escandinavos. Sabiendo como dice don Pero Perez ''La mitad veas, la mitad creas'',  quería advertirle que eso no son gigantes son simples molinos de viento, su sed de aventuras está nublando su buena vista.

- No estás hecho para este asunto, cuando nuestras gloriosas gestas se escriban, bien sabes Sancho que nuestras aventuras en el tiempo serán la pasión desmedida de un escritor, sabiendo pues que se suele escribir por habladurías. Nosotros tendremos la gratificación intrínseca de la propia escritura, buscaremos nuestro futuro, déjame y en un minuto te lo demostraré. Que aunque sea sólo con mis puños los venceré.

- Sí, mi señor,  pero lo mejor sería... -- dejándole con la palabra en la boca salió como loco que lleva el diablo, con los ojos ensangrentados, su caballo de acero hizo un surco en la amarillenta cebada. El golpe fue tal que dejó todo su cuerpo magullado.


- Ya le dije yo que eran molinos de viento. --gritaba Sancho mientras montaba a Rucio.

Sus primeras palabras fueron tartamudas revelaciones.

- No, eran malditos gigantes, ellos cambiaron su cuerpo y eran molinos. Os juro que así fue.

Sancho le ayudó a levantarse, no sin dificultad consiguieron montarlo en el destartalado Rocinante, sin más queja siguieron su camino, sabiendo que un mago de la orden de Merlín y su escudero iban surcando La Mancha.

jueves, 7 de abril de 2016

Siento miedo.







Siento por ti, por tu hijo, por tu padre.
Siento un miedo atroz.
Siento que el miedo me atrapa.
Siento que la gente no siente.
Siento cerca al mago de Oz.
Siento resignación sin pausa.
Siento que el futuro está escribiendose.
Siento que todo pasa muy veloz.
Siento al león sin valor, sin vida.
Siento la guerra, su certero y brutal choque.
Siento al espantapájaros sin cerebro, sin voz.
Siento al hombre de hojalata sin corazón, sin rendirse.
Siento que Dorothy se quedo sin niñez y se convirtió en un lobo feroz.


Siento que ya no hay ilusión 
pero si demasiada información. 
Mucha mentira con temor
así se fabrican hombres sin amor.
Siento solo dolor en las noticias sin corazón.
Siento una profunda oscuridad en el cambio, en la magia, 
en el ilusionismo de gente muerta de pensamiento, 
que son estatuas sin recuerdo.
Siento locura en lo banal y cintura en el ojal.




''Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias.''
Don Quijote de la Mancha, segunda parte capítulo XI.
Miguel de Cervantes 


jueves, 24 de marzo de 2016

Forjado a fuego.


El nacimiento de un hijo de acero.




A los diez años sentí la fuerza de la forja, el acero se transformaba en mis manos, en cada martillazo notaba el movimiento, la tensión de los átomos me decían la fuerza que tenía que trasmitir. Sabía, como una verdad impuesta desde la cuna que tenía que hacer para que no se partiera, notaba la vibración que producía el metal vivo. Lo trataba con mimo, intentando que su alma inerte saliera a la luz, el acero incandescente arrugaba su forma por las fuerzas implacables del yunque y el martillo. En el cobertizo donde el calor era asfixiante estaba a punto de hacer el corte térmico, templaba el acero para darle consistencia a la hoja, a setecientos cincuenta grados entraba en el agua, sentía lo mismo que el pintor al fluir la brocha por el lienzo desnudo, algo que no se podía describir. Un cosquilleo me bajaba del cuello, mi imaginación me transporto a otro lugar, unos cuantos de miles de años antes, donde un hombre realizaba su primera espada, ese viejo amigo que le diferenciara de la vida o de la muerte, esa obra de arte la cual le valdría para defenderse o para poder cortar la carne. 



Aquella primera vez nunca la pude olvidar, el olor de la fragua, el humeante café saliendo de la vieja cafetera, el sonido constante de los metales, la rotura de la madera, la transformacion en brasas de un trozo húmedo de árbol, la mágica metamorfosis de la vieja alquimia. Mi forja era arcaica, lo más prehistórica posible, daba calor con un fuelle de cuero viejo cuyo uso era lo más parecido al contacto salvaje y antiguo que había visitado el ser humano. Cuando el fuego asumía una temperatura considerable y caldeaba más el ambiente, mi concentración también iba en aumento. El sudor resbalaba por mi espalda, el cuello de mi camisa estaba empapado, mi frente parecía un manantial, mis músculos estaban en tensión, las fibras musculares eran carreteras que llevaban a mis tendones actuar como un resorte, mi codo empujado por la estimulación eléctrica de mis nervios hacía que me sintiera radiante, totalmente vivo, solo el que crea renace de sus cenizas. 


Dormí con esa espada durante años, fue una extremidad de mi cuerpo por mucho tiempo, viajé incansablemente con ella, mirando, observando, interiorizando lo aprendido, visualizando y mejorando. Cada vez creía más, sabiendo que cuanto más aprendía menos sabía, pero más cerca estaba de la verdad, entendiendo que la misma estaba justo al lado de la humildad. En las contadas veces que me habían llamado maestro siempre había mirado hacia abajo, reconociendo que ese título estaba reservado para otros, aunque había expresado con absoluto desparpajo que nunca sería un maestro, porque somos alumnos hasta la muerte. El orgullo propio de los seres humanos nunca se dejaba morir, se había expresado en mis ambiguas divagaciones en las que solo yo era el mejor del mundo, creando tremendas guerras contra mi mayor enemigo. Cuando vagabundeaba por las afueras de la ciudad, y la comida era una simple patata hervida, más irradiaba mi buena suerte, auto convenciéndome, sabiendo que era un solo paso, un paso para llegar a allí, una situación intimista con mis vergüenzas. Dándome cuenta que las necesidades humanas son virtualmente imposibles con una aptitud negativa. Nunca me rendí. Con la lejanía que da el tiempo, redescubrí que los manjares de la vida son más intelectuales que terrenales. Cuando me encontraba en medio de una tormenta daba gracias por que un árbol me resguardará la cabeza. Simples pasos recorrían el caminó, recompensas diarias por subir la montaña, disfrutando los sueños, aunque la alterada respiración algunas veces nos haga incómodo el paseo, intentando no pensar en la agonía de llegar a la cumbre.


En cualquier sitio creaba mi forja, con unas piedras hacia el regazal, la forja pasaba por distintas tonos, trabajaba más fácilmente el acero sabiendo que su amalgama de colores era inmensa. Las coloraciones pasaban del color paja, al azul violeta, llegando a temperaturas de trescientos grados siempre por el incansable oxígeno que entraba intermitentemente por la boca del fuelle. Pasaba del color rojo parecido al brillante atardecer del sol, distinguiendo, solo para ojos del experto, el rojo tenue del rojo blanco, pudiendo llegar a los mil cuatrocientos grados. El forjado ideal se llevaba a cabo cuando tenía un hermoso rojo cereza que alcanzaba la no despreciable temperatura de mil grados, esta gama de colores inapreciable para la mayoría, era para mí el más bonito arco iris. Al principio cuando no había asimilado la sabiduría del acero se me tornaba quebradizo por una técnica errónea en el enfriamiento, demasiado rápido aumenta al máximo la dureza del metal pero se rompía con facilidad. El tratamiento térmico era uno de los factores que determinan el grano del acero, en los cuchillos el grano solía ser fino, porque aumentaba la retención del filo y mejora el acabado final de la navaja. Algunas veces cuando la dureza era extrema hacía un revenido que oscilaba los doscientos noventa grados. Al hacer un arma de combate el acero era más blando, porque la tenacidad servía para resistir los impactos sin sufrir fracturas y necesitaba ductilidad para deformarse sin romperse. Esta parte era la que determinaba si realmente iba a ser un arma. 


Los pasos para dar alma a un arma eran mágicos, así empezaba a perfilarse, el acicalado dejaba atrás su aspecto basto. La hoja era trabajada por la muela, haciendo los vaceos, filos y terminaciones en punta. Pasaba con locura extrema las muelas y más aún las lijas, pasando del grano grande al más fino, terminando como un espejo. El proceso del pulido evitaba el oxidado y mejoraba el endurecimiento. En el proceso de lima se trabajaban los detalles como la cruz de la espada o los rompe-puntas en las hojas. Cada pisada era como la vida misma, un paso mal dado y podías cambiarla totalmente. El acero desnudo en ese momento estaba preparado para vestirse. Montaba la cruz, el puño de madera, y por el pomo pasaban todas las piezas a través de la espiga de la hoja, la parte final de la hoja se estrechaba para albergar la empuñadura. En las espadas la espiga de la hoja debía ser fuerte, sin ningún tipo de soldadura y ser más blanda que el resto de la hoja. Al finalizar la espiga se remachaba fuertemente sobre el pomo.

Tizona

En cualquier papel ideaba los embellecidos revoloteos que daban lugar al perfilado del puño y de la hoja, cada línea era producto de una trabajosa experiencia que había utilizado durante años, esculpía el hierro y así conseguía darle vida a un objeto inerte. Como un hijo al que mimas y guías en un proceso arcaico y maravilloso. Cada día los círculos concéntricos revoloteaban por las líneas perfiladas como obras de arte. Donde más ojos, sin duda los más inexpertos se fijaban en los bellos dibujos de perros, jabalíes, perdices y hombres con grandes botas, esos bodegones eran vida, prisma de una belleza sencilla y dedicada a las pasiones.



"Un escritor no escoge sus temas, son los temas quienes lo escogen"
Mario Vargas Llosa




domingo, 14 de febrero de 2016

Ni tú ni nadie entendía mis palabras.






Ni tú ni nadie entendía mis palabras, palabras escondidas en sitios guardados. Nadie entendía el significado abstracto de la lluvia golpeando la ventana, pero si sentías que era maravillosamente relajante cuando estabas debajo de la manta, leyendo un libro. Quería expulsar con punzante dolor lo que yo sentía. Los puntos inconexos se juntaban solos, palabra por palabra, sin querer, hacían frases con significados inasequibles para los que no tenían los ojos del alma bien abiertos, para sentir, amar y pensar. Nadie entendía por que lo hacia, las voces que recordaban mis miserias no paraban de gritar en mi mente. Muchas veces simplemente cogía la pluma y ese grito se hacia palabra. Las palabras se comunicaban como una columna de hormigas, haciendo a ese ser un cerebro colectivo, el cual formaba una idea, una fantasía, un sentimiento o simplemente revivía un simple recuerdo. Los seres que sin querer me visitaban solo eran las frustraciones y miedos que el alma humana sentía, se hacían pasar como parte de mi, pero sólo eran voluntades pasadas que hacían sentir dolor, un dolor totalmente arcaico porque ya no podía cambiarlo. La mente se quedaba en blanco, la pluma distraída cursaba sin querer en el papel signos legibles, que me llevaban al máximo gozo, simplemente con pasar la punta de iridio en el papel, ese ligero rasgado milagroso hacia desbordar la tinta, era realmente sublime ver esa mágica transformación.

Ni tú ni nadie entendía mis palabras, eran frases barrocas, palabras floridas que hacían sin querer sonidos. Sonidos bonitos, sonidos cargados de musicalidad. Versos que se entrelazaban en arboles, arboles que se entrelazaban con sonidos, sonidos que se entrelazaban con paisajes. Sacudidas inconscientes de arte, que podría significar todo y muchas veces nada. 

Ni tú ni nadie entendía mis palabras, “como quieres entenderme si yo mismo no me entiendo”. Un grito ahogado que me evoca a escribir, a verter todos mis sentimientos en frases, muchas veces sin sentido para ti. Inusualmente me escribías cartas de amor, yo respondía a todas, mis constantes preguntas eran respuestas a mis miedos. Te fijaste muchas veces que hablaba de mi, que hablaba de ti. De las veces que quería ser como tu, pero realmente no era yo el que salía en esas historias. 

Ni tú ni nadie entendía mis palabras, no quería que las entendieras, simplemente quería hacerte sentir. 
Si sentías todo, mi trabajo esta hecho. 
Si sentías odio era justamente lo que quería.
Si sentías amor era justamente lo que quería. 
Si sentías asco era justamente lo que quería.
Si sentías deseo era justamente lo que quería. 
Si sentías alegría era justamente lo que quería. 
Si sentías indiferencia era justamente lo que quería. 
Si no sentías nada era porque no estabas preparado para sentir.


La poesía no quiere adeptos, quiere amantes. Federico Garcia Lorca.

sábado, 16 de enero de 2016

Réquiem por Dorado.







Era un pez atrapado en una pecera. Bebía todo el agua que podía y lo sacaba rápidamente por las branquias. Cuando tenía frio normalmente nevaba y hacía viento, el hielo cubría la parte superior de mi pecera, me movía rápidamente para que mi delgada aleta azul se calentara. Cuando salía el sol, pronto me ponía a desplegar mis maravillosos abanicos de colores. Me lucia cómo un pavo real e Isabella se fijaba en mí, ella me echaba un bote de comida que me comia durante semanas. Isabella me quería mucho y todos los días me mimaba cantando canciones, todas dedicadas a mi. Perdonen mi voz, pero era algo así, la tenía un poco ronca por la humedad. La canción para que nunca me pusiera malito, me cantaba sobre todo cuando llegaba del colé.

"Mi pececito vivía en una pecera, 
ten mucho mucho cuidado,
pero si te haces mucho daño, 
yo te cuidaré. 
Porque si no te vas hacer daño,
ten mucho mucho cuidado. 
Ten mucho cuidado para que no te hagas daño, 
y si no te llevaremos al veterinario, 
para que te cures en siete días, 
para que vuelvas a casita perfecto.
Mi pez se comía la televisión 
porque era un glotón,
y tenia forma de botón.
ooooooo ooooooooo"


Estaría días y días esperando a que Jesús me limpiara el acuario. Pasaría los días saludándole, pasando fugazmente de abajo arriba, pero él no me podía ver, por qué estaba muy oscuro. Solo escuchaba su voz diciendo:

- Tenemos que limpiar al pez, Charlene.

Un día sin ningún motivo me movía de sitio y me ponía en un vaso. Quitaba el agua de la pecera, y limpiaba los restos de mi comida con papel de cocina, le daba muchas pasadas, hasta dejar mi cristal limpio, reluciente, impoluto. Con una jeringuilla depositaba dos liquidos diferentes. Seguramente seria para tener mis bacterias y poder respirar bien en el agua. Y así volvia a ver desde mi castillo acuático a mis dueños a los que quería con locura.


Homenaje a Dorado, nuestro pez.



Escrita por Isabella y papá.

domingo, 10 de enero de 2016

Vivir sin sueños.





La terapia se hacia desde el mutismo, escuchando los susurros de los viejos sabios que desde el silencio te escuchaban y te expresaban en sus largos acordes como debías actuar. Las anécdotas eran simples recuerdos endulzados, con la savia de nuestros recuerdos.


Me quede sin sueños, ardieron como arden los bosques, dejando todo muerto a su paso, con gritos incombustibles de los árboles que eran difuminados crujidos, de sus hermosos troncos. El olor se podía oler en muchísimos kilómetros, el humo se podía ver de occidente a oriente, se mezclaba y se disolvía con el aire, todo un ciclo perfecto que hacia mágicamente renacer todo lo muerto. Sabia con verdadera admiración que la vida volvía más fuerte, el tiempo ese manido simbolismo, que creaba ciclos anuales que solo eran necesarios para tranquilizar nuestras almas, que se regían por un orden disciplinario que estaba impuesto para consolar nuestros corazones habidos de nuevos y admirables retos.

La vida era insulsa, insustancial, inimaginable, insípida, incoherente, intrascendental, inconexa y sobre todo imprecisa. La aventura quedaba relegada a ver pasar el viento que trasformaba encantadamente las nubes en tonos violáceos quemadas por el astro rey, cuando la tierra benévola arrebata el sol de nuestra vista. La estoica paciencia se revolvía en mi alma, el pacifismo convencido se hacía difícil con gentuza que no merecía la advenediza locura que ponía mi absoluta y estoica visión del mundo patas arriba. Respiraba alterado, apretando la mandíbula, la inconstancia enfermiza que padecía me dolía, solía distraerme como un loco en cosas inconstantes y absurdas. Quería ser como mi héroe, ya no me encontraba ilusionado locamente como aquel joven, que tiempo atrás había mejorado, pero en ese transcurso había perdido a su niño.

Me retorcía como una serpiente, dando vueltas sin sentido, solapando los movimientos artificiales de mi reptil cuerpo, las convulsiones no dejaban ver lo que en realidad mi anatomía, mi cerebro o incluso mi alma intentaban expulsar, la incertidumbre, la maldad, la ambición loca, la ira racional que mi ser intimista esta creando, me hacia sentir mal. Temía temerme a mi mismo, pero la irracionalidad de lo irracional me hacia tender a perder la paciencia. Volvía siempre al pacifismo activo, aquel que iniciaba la guerra para poder lograr la paz, que era una cuartada perfecta para la diabólica teoría de terminar radicalmente con lo que potencialmente te hacia daño. Conseguía sin éxito que pasara, soltaba sin querer alaridos que recordaban los gritos de dolor.

Odiaba a la gente que te hacia sentir insignificante, sabiendo fehacientemente que tu, y solo tu, eres el culpable de esa maldita sensación, luchaba todos los días por superarme, por sobrepasar mi guerra, mi guerra interna. Y seguir ilusionandome por seguir amando al ser humano.


domingo, 22 de noviembre de 2015

Lindeza



El olor de su perfume embargo la habitación, los matices florales se distinguían, el aroma tostado de madera tropical era la mezcla exuberante de su piel con el elixir. Sus labios rosados, suculentamente perfilados te pedían con ruidoso silencio ser besados. Su pelo, de color castaño estaba lleno de tirabuzones que recorrían delicadamente la suave piel de su espalda. Tenía la sonrisa más bonita que había visto, inexperto en encontrar la belleza en las cosas más simples, me sorprendí viajando  extasiado, casi rozaba la enajenación mental. Esa sonrisa que irradiaba felicidad me contagió irremediablemente, mis labios se movieron sin justificación particular al contrario de la gravedad. Sus ojos mezclados por la paleta multicolor del colorido otoño, penetraban como puñales en los míos, envolviéndo mi corazón con el frío que acompañaba a esa estación. Todo fue en menos de un segundo, lo que dura una respiración, un pestañeó, un revoloteo de una majestuosa mariposa, el frugal instante donde desaparece el sol en un atardecer glorioso. Cupido absurdo me regaló sin saberlo el regalo más profundo de mi corazón, y empujó con locura pasión las melodías de los pajaritos que revolotean mi estómago. Descubrí el bello sonido de Caetano, me enfrenté con absoluta admiración a una nueva gastronomía. Soñé con una vida al lado del mar, con el sonido suave de los cocoteros, tocar tus manos sin tiempo, dormir en tu pecho, acompasar nuestros corazones y tener tu respiración siempre al lado de la mía. Pero la vida me sonrió con más de lo que había soñado. La vida me dio a mi flor. La flor con los colores más vivos, con el mejor olor y con una maravillosa belleza.




Hoy escuché sin querer esta dulce y bella melodía, el día de tu cumpleaños. 




Lindeza

Coisa linda é mais que uma idéia louca
Ver-te ao alcance da boca
Eu nem posso acreditar
Coisa linda minha humanidade cresce
Quando o mundo te oferece
e enfim te das tens lugar
promessa e felicidade, festa da vontade
nítido farol, sinal novo sob o sol, vida mais real
Coisa linda, lua lua lua lua
Sol palavra danca nua, pluma tela petala
Coisa linda, desejar-te desde sempre
ter-te agora um dia e sempre, uma alegria pra sempre

Vídeo de la canción 


sábado, 5 de septiembre de 2015

Días de paz.

El día estaba nublado, en mi sofá veía como las nubes corrían de un lado para otro, hipnotizado por sus movimientos y sus maravillosas figuras. Un buen disco sonaba en el tocadiscos, el gran Charly Parker con su saxo alto soltaba poemas con música, intermitentemente ponía algún pianista negro que hacía llamear el piano con el blues de new Orleans. Los libros estaban apilados como rocas haciendo magistralmente equilibrios. Mi pez, Dorado, zigzagueaba de aquí para allá en su diminuto acuario, su color azul aumentaba por el efecto lupa, dependiendo de donde lo observará era incluso más bello. El ventanal era grande, dejaba ver los colores oscuros de un bello día.


Se escuchaba a lo lejos, una increíble historia de dragones y mazmorras. Interpretada por unos dibujos en un libro. El sonido de la aspiradora sonaba a lo lejos como un zumbido, no molestaba, era relajante. Nada de aquello podía alterar mi estado de bienestar. La cerveza con un tono tostado resbalaba delicadamente por mi garganta, su sabor amargo había tardado años en ser descubierto cómo agradable. Era lo más parecido a la perfeccion. Nada parecía descuadrarme, en esos veinte metros cuadrados se encontraba todo lo que yo deseaba. 

domingo, 16 de agosto de 2015

Sensaciones







La llave temblaba en la puerta, con un simple toque de muñeca entramos. La habitación estaba en penumbra, no se distinguía la luz de la calle. La abrumadora verdad me hizo sentir aterrado. Las paredes estaban desgastadas por el tiempo, todo era conocido y extrañó, con la más absoluta desesperacion grite, pero nadie me escuchaba, era silencioso a la par de angustioso. Nunca había sentido la mezcla ahogada de nostalgia y tristeza. 

Paseaba por las habitaciones, resbalaban sensaciones y sollozos por las múltiples e incontestables preguntas sin respuesta que surcaban en el puerto de mi memoria. En los cajones se había detenido el tiempo, estaba quieto, como si la vida no hubiera cambiado. Las palomas salían del patio, espiándo los movimientos de ese lugar abandonado. La única presencia de vida eran las viejas y quemadas fotos de momentos frugales que se sentían de otro tiempo. El tabaco de liar se difuminaba con un porron de vino ''clarete'', los descoloridos lugares de la casa, se entremezclaban con recuerdos enmascarados de amor.

Unos huevos con salchichas y patatas redondas, ensalada rendida o gazpacho sin batir podrían ser la cena de ayer o la de hace diez años. El pasado se juntaba con el presente, quería salir, me dejaban sin respiración, las paredes me oprimían, simplemente me apesadumbraba. En un rincón estaba un espejo redondo pequeño y deteriorado, reflejaba una cara que no conocía, pude discernir con elocuencia que mi alma estaba rota por el dolor y reflejaba distorsionado mi sufrimiento. Los plomos en el alféizar de la ventana recordaban la primera caña de pescar, las meriendas al lado de un salto de agua. Los cangrejos pululando por las cangrejeras, el olor impertérrito de las bogas en la red. Los colores verdosos del río, quedaron en el mar de mis recuerdos como la salada sensación que quedaba al pasear por la marisma.

La despedida fue agridulce, la vida sin preguntarme puso las cosas en su sitio. La balanza invisible que mueve los hilos cambio sin avisar el equilibrio de mi universo, me acercó sin saberlo a un estado de conciencia y me descubrió un mundo de sensaciones.


En memoria de mi tío:

SENSACIONES.

martes, 21 de julio de 2015

El camino.





Respiraba entrecortado. Corría y miraba para atrás. El sudor corría por sus mejillas. La onda expansiva lo dejo semi inconsciente en la cuneta de la carretera. Cuando se despertó no veía por el ojo derecho, la sangre se había convertido en una máscara gruesa. Las manos pulposas intentaban quitar la espesa masa. Le zumbaban los oídos, resultaba mareante. Se levantó con las pocas fuerzas que tenía, parecía un zombi. Miro a su alrededor, por suerte le dieron por muerto. A la derecha había un tractor verde, estaba totalmente agujereado, su parte de atrás estaba desintegrada. El único sentido que tenía intacto era el olfato. La materia orgánica en descomposición era insoportable, sentía con vigor el viento que rozaba los cereales. El trigo debía estar cortado por aquella época, su sombrío amarillo resaltaba su sequedad. El viento caluroso movía la paja haciendo movimientos alocados. Los brillos deslumbraban sus ventanas arenosas. Parecía imposible que hubiera algo bello entre tanto terror. 

Si no encontraba ayuda, su vida llegaría a su fin en pocos días. Sin querer, sus ojos se dieron de bruces con el retrovisor. 
-¿Quién era ese?—se dijo a sí mismo entre susurros. 
Se tocó el rostro, garabateo con sus dedos las líneas desafiantes de la mandíbula. Sus ojos estaba marcados por las arrugas y por las pronunciadas ojeras, con la saliva rozó los restos de sangre, limpió los hilos de fluido que salían por los oídos. El pelo de su barba estaba quemada por el lado derecho. Para él, era incluso divertido notar las clavículas huesudas con los dedos. 

Su respiración se alteraba, revivía, soñaba en vida. Nadie podía entenderle, el dolor se acumulaba, las tripas se retorcían por el sufrimiento, activando necesidades que le dejaban rozando la inhumanidad, sintiéndose espiritualmente desarmado.

Nada podía hacer, el odio dominaba todo, el mundo está difuminado por una venda que cubría una ceguera patológicamente emocional.


Escrito por cualquiera que se enfrento a una batalla.




"El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor."  BUDA

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Solo pido ser mejor persona.





Las campanas están a punto de sonar. El segundero esta subiendo la cuesta, esta a punto de llegar. Las promesas de un nuevo año se suceden, hoy no pido nada material. Solo quiero ser mejor persona. 

Si fuera mejor persona el dinero no valdría nada y ayudaría a todo los niños que pasan necesidad en la tierra.

Si fuera mejor persona daría ayuda a cualquier, sin miedo, porque si me hiciera falta, alguien me ayudaría a mi.

Si fuera mejor persona no habría guerras, en vez de luchar, nos abrazaríamos.

Si fuera mejor persona no tendría tanta soberbia, pensaría en dar muchas veces las gracias y pedir perdón cientos de veces más.

Si fuera mejor persona ayudaría al débil a superarse.

Si fuera mejor persona.....el mundo que conozco no seria el mismo. 

Es una hermosa utopía, un sueño por el que luchar, solo los pequeños actos hacen posible un nuevo amanecer.

Son las doce y seis segundos, ya es uno de enero, las uvas se me agolpan en los carrillos. 

Feliz 2015. Solo quiero que tu seas mejor persona.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

A mis treinta y tres. Mi psicoanálisis.








Son las seis de la mañana, mi mujer duerme, mi niña también. Hoy es mi cumpleaños, es Navidad. Reflexiono y sobre esa reflexión rumio diferentes posturas, una de ellas es pedir perdón con absoluta vehemencia, por el daño innecesario que hice hasta llegar aquí, es Navidad, buena época para expiar todos los pecados. Muchas veces lo hice queriendo (las menos y hace tiempo) otras sin querer, ya hace mucho que no pierdo el tiempo en perder el tiempo, lo malo e innecesario es mejor apartarlo. Estoy nervioso, muchos pensamientos y sensaciones se agolpan en mi estómago, garabateo en la moleskine, una de mis ocultas obsesiones es pintar violetas con mi parker cincuenta y uno negra. Hago cientos de líneas, incluso miles. Las regarabateo, las perfilo obsesivamente hasta que son más un borrón que una bella flor. El cuco del movil dice pi-pi con exactitud inglesa, las siete de la mañana. La calefacción esta apagada y las manos quedan inservibles como entumecidas. El sol me da los buenos días, la mañana esta despejada, las nubes son inexistentes pero paradójicamente hace mucho frio. Dejo mi estilográfica cuidadosamente en la mesa, rozando con suavidad su cuerpo con el paño depositado en el cristal para no rayarla. 


Hace tres años empece este proyecto, sin ambición, con una constancia rara,  porque me aburro rápidamente de todo, es un proceso que llevo realizando desde que soy consciente de ser un ser humano. Cientos de historias archivadas en cuadernos de preescolar sin terminar, sin principio ni final, muchas de amores, otras de sentimientos y sobre todo de emociones. Sigo teniendo varias pasiones que no han variado con el tiempo sobre todo las plumas estilográficas, los libros, Camarón y Carlos Vives. Las primeras ideas llegan a mi mente, quiero escribir pero todavía no se de que, ni de quien. Asoma en mí el pensamiento de la duda.



A mis treinta y tres años más de media vida para muchos, oportunidad indescriptible para soñar despierto para otros. Tantas cosas por hacer, tan poco tiempo para realizarlas. Un miedo a no completar la misión, miedo a morir y no poder protegerla. Miedo a que este sola y no tenga quien la cobije. Miedo a que nadie le pueda poner su manta por la noche. Miedo a no leerla un cuento. Miedo a que tenga miedo, que su corazón puro se vuelva tiránico porque el sufrimiento crea odio, el odio construye al hombre sin miedo. El miedo a que te hieran crea la protección innecesaria de combatir hiriendo, esa ha sido la mejor manera de crear verdaderos monstruos a lo largo de la historia. Miedo a que nadie de su vida por ella. Miedo a su dolor. Miedo al simple miedo. Miedo a la sobrecogedora transformación que va tener mi cuerpo por el paso inexorable del tiempo, mi pecho se volverá cano, mis músculos irán desapareciendo, mis manos se irán perfilando huesudas como hilos, que me recordarán el final de mis días.



Por el rabillo del ojo veo mis libros, mi escritorio, mi bien más preciado. Unos cuantos libros firmados, más de cuatrocientos volúmenes. Pero mis ojos están mirando a uno de mis libros favoritos, "cuentos y fábulas de la India". Lo compre hace mucho tiempo, fue por un euro en la feria del libro, sus solapas son naranjas y muestran a un yogui en postura de loto en la portada. Ese fue el comienzo, sobre las enseñanzas maestro alumno. En todos los cuentos, fábulas e historias que he creado, en todas hay preguntas que buscan respuestas. Las repuestas en muchos casos las puede resolver el tiempo, el mas sabio de los consejeros, en otras enseñanzas milenarias de padres a hijos. Abruma pensar que nada es original que todo es obsoleto, el ser humano ha sentido dolor, amor y desconsuelo desde el nacimiento de la humanidad. Desde antes de La Iliada de Homero o desde los jeroglíficos egipcios, se siente y se escribe, cuan estupida necesidad. Cualquier cosa escrita hace mucho que ya no vale nada, la originalidad se termino con el primer pensamiento del hombre. Aún así sigo amando con desbordada pasión la poesía en prosa, la lírica antigua donde lo escrito es igual de importante que lo que se dice.


Los tachones y las rectificaciones se suceden con mucha rapidez. El placer romántico del sin querer, de sentir algo que te sale de las entrañas y quiere ser expulsado. Pasan los días y a esa difuminada idea se le suman más apuntes y mas garabatos. Por arte de magia las ideas se hilan y poco a poco el mapa se empieza a perfilar, las ligeras colinas se hacen montañas inescalables. Lo más doloroso que hay en el mundo es apartar a tu hijo de tu lado, mirarlo desde la distancia para corregirlo. Sabiendo fehacientemente que todo él, está impregnado de verdades sobre ti. Cincelando todas las virtudes y muchas más miserias que tiene lo que creas. A mis treinta y tres años ni uno mas ni uno menos, escucho las palabras como una bofetada, llega la verdadera vida. 
Mi hija grita con todos sus pulmones: 

Donde esta mí papa. Entra en el despacho y me dice:

 !!!Papa felicidades¡¡¡ Mi mujer me sonrie .


El psicoanálisis absurdo que he tenido cerca de tres horas redescubre su verdadero sentido. Mientras tienes vida hay esperanza.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El viejo que sabía a mar.




Cantaba cánticos al mar, recitaba poesía bombardeando versos sin rima. Causando huracanes de sentimientos en los corazones de locos solitarios. Sintiendo el viento húmedo que estaba cargado de lluvia y que le encantaba sentir en la cara. Soñaba con las tardes de tormenta, lo emocionaba toda la fuerza y la plenitud infinita en la superficie revuelta del mar. Cuando el tiempo se calmaba podía ver la luna reflejada en el agua sobre todo en las noches de primavera. Todo en él era poesía.

Le bese y me quedo un sabor salado en la parte exterior de los labios. Ya no era joven, pero tampoco viejo. Los vientos habían modificado su cara, los surcos se entremezclaban con las quemaduras devastadoras producidas por el sol. Antes del amanecer ya estaba cogiendo sus aparejos. Esa mañana lo vi desde la ventana, estaba allí, de pie, largo y seco como sardina ahumada. Se le veía en la penumbra, el viejo candil que tenia a la derecha definía una silueta quijotesca, en su lado izquierdo se desdibujaba una barba de varios días. Todas las mañanas me levantaba antes de que saliera el sol, me escapaba de la cama para ver su figura.

La mar estaba revuelta aquella mañana, había visto muchas veces esa mirada, era reposada, como estudiando el tiempo. Sus músculos eran duros, todavía fuertes como el acero y su espalda flexible como la de un junco. Fumaba siempre en pipa, muchas tardes al lado de la marisma con dos piedras que hacían un escaño reposaba sus posaderas leyendo libros antiguos y memorizando poemas. Cuando quemaba el tabaco miraba de soslayo a las jóvenes morenas que pasaban por su lado.

En las noches donde la magia se hacia flamenco cantaba por fandangos, siempre poemas de Machado, y algún soneto suelto de Quevedo. Cuando su alma se apesadumbraba iba a la mar, se tumbada en la barquilla y dejaba acaecer las horas. Se entretenía viendo las nubes pasar e imaginaba dinosaurios o siluetas de caras conocidas. Se le veía reír entre dientes cuando un animal se parecía alguno de sus amigos. Cuando la salitre estaba en su camiseta como una mancha blanca, su frente era ya una salina con piedras semi invisibles que solo se notaban al tacto. Ese era el momento idóneo para irse camino al pueblo, muchas veces la única luz que alumbraba su camino era el incandescente tabaco.

En el puerto vendía algúna hurta o róbalo que gustaban mucho en la provincia. Disfrutaba los días nublados en el que sol desaparecía y el frió se dejaba notar en las carnes. De vez en cuando el agua le salpicaba en la cara y se reía de lo feliz que era simplemente viendo la vida pasar.

La pirámide que había construido con bases sólidas había sido destruida. La cicatriz que tenía no había sanado, él lo descubrió, eso le dejo una huella en el alma, con el tiempo comprendió que brillaría siempre y nunca se apagaría. Ella no pudo darle hijos y eso le había marcado como hombre, era más egoísta, menos humano y él lo sabía. Todavía alguna viuda le quería y se dejaba querer, cuando la necesidad le apretaba se dejaba abrazar por doña Julia. Se le veía mirar a cada lado de la calle, salir con paso ligero, metido en su capucha, queriendo esquivar las miradas de un secreto a voces.

Desayunaba, comía y cenaba en su pequeña barca. Siempre pescado hervido o frito, huevos escalfados o duros y en fiestas de guardar algo de carne. Cantaba tristes coplillas escritas con plumilla y papel amarillento que recordaban que la vida no era solo esperar, era la acción obligatoria de siempre mirar hacia delante. Ahora con la mortal distancia del tiempo veía con resignación inconsciente las largas horas que había pensado en los besos que la dio.

Cuando la melancolía se mezclaba con manzanilla se dejaba llevar. Y cantaba como el martinete ardiente, martilleando incandescente el yunque, logrando que no hubiera una pérdida incombustible y renovando la energía como la arena engullidas por los incesantes oleajes. El quejido amanecía con la primera letra:

Estrella que en el cielo estas,
no dejas nunca de brillar
a mi lado te sientas
y te marchas sin avisar.

Después de los versos se quedaba escuchando largo tiempo la guitarra. Quemando el tabaco lento de la pipa. Se quedaba inconsciente cuando los recuerdos se agolpaban y muchas veces se le olvidaba hasta respirar.

Cuando lo conocí su vida no tenía sentido, se había salido del camino, pasaba los días bebiendo. La cuerda que le guiaba se había roto y tuvo que reconstruirla pieza a pieza, sabiendo que cada una ya no se podría poner en el mismo sitio. Pudiendo convertir al más  estupido en el más relevante sabio. Me enseñó  todo lo que se, me educo en el valor noble del ser humano, nunca me dijo lo que me quería con palabras sino con palmadas en la espalda, con símbolos que solo los hombres entendemos.
Era feliz no solo cuando pescaba, pasaba los días reparando redes, lijando y repintando su barca. No pedía mas, siempre tenía lo necesario, y cuando no lo tenía lo buscaba. No tenía nada, pero lo tenia todo, sobre todo sus manos, su cuerpo, su espíritu libre y a su lado siempre omnipresente el mar, fuente natural de energía.



Un pequeño homenaje.


Era demasiado simple para preguntarse cuándo había alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía que no era vergonzoso y que no comportaba pérdida del orgullo verdadero. 

El viejo y el mar. Ernest Hemingway.


domingo, 12 de octubre de 2014

Cuento: El cocodrilo y el ñu.


El rey.



Hace mucho, mucho tiempo mi abuelo me contó una historia, y a su vez esa historia se la contó su abuelo. 

En una región de la sabana a cientos o miles de kilómetros de aquí había un cocodrilo muy grande, sus fauces podían albergar más de cien gacelas. Su piel era rugosa como la de un tronco viejo, sus ojos llameaban fuego como si tuviera un horno en ellos. Sus patas eran tan grandes como las de un elefante, y sus dientes tan afilados como las navajas. La cola era tan larga que no podía darse la vuelta cuando quería dormir. Era él rey, el más fuerte de todos los cocodrilos. 

Una gran sequía acechó la sabana, los días se fueron haciendo cada vez más difíciles. Todas las mañanas tenía una audiencia con los más distinguidos cocodrilos, desesperadamente le pedían una solución. Querían más comida, el poco agua que tenían estaba mezclada con lodo. Las espaldas de los cocodrilos estaban muy quemadas por el sol. Todos los días, las madres lloraban por racionar la comida. Pero él no sabia que hacer, todo lo había conseguido con su fuerza y destreza en la batalla. La situación era difícil, el problema era el miedo irracional a quedarse sin ningún alimento. La llanura empezó a ponerse cada vez más violenta. Las peleas y el pillaje se hicieron cada vez más habituales. Los grandes sabios no habían visto nada igual, sus ojos ciegos no sabían que hacer.

Una tarde cuando el gran cocodrilo meditaba como ayudar a sus congéneres, un ñu se le quedo mirando. 
El cocodrilo molesto le espetó con una gran voz:
—¿Porqué osas molestarme?. No te das cuenta que tengo asuntos muy importantes entre manos. Todo mi pueblo esta pendiente de la decisión que tome. Vete o te comeré.—el ñu se quedo mirándole con cara inocente y sonriente, no le imponía nada que fuera él emperador.
— Que te pasa gran cocodrilo, ¿cual es tu problema? Cualquier problema tiene solución.
— Esto no tiene solución, yo no tengo una mente privilegiada, mi inteligencia no esta preparada para otra cosa que la lucha.
Ñu le miro sonriente con todo el amor con el que se podría mirar a un hijo.
— Cuando te das cuenta de que las circunstancias te superan y sientes en tus carnes las limitaciones de tu mente, ese es el momento en que puedes sobrepasarlas. Tú eres tu verdadero enemigo, mantén la mente abierta y pronto encontraras el sendero. —El cocodrilo miró sorprendido.—
—¿Que me estas diciendo? No llego a entenderte.
— Tranquilo, yo te lo explicaré, todos necesitamos un faro, en este caso seré yo el que te guíe, por eso te voy a contar esta vieja historia:

Hace tiempo en una bella meseta había un reino muy próspero, en ese reino había dos bellas princesas, una princesa era maleducada, prepotente, soberbia y pensaba que lo sabia todo. Trataba a sus damas de cama con muchísimo desdén, humillaba siempre que podía, no con palabras malsonantes sino con comparaciones vejatorias e incluso les echaba la culpa de los  errores que ella cometía. Un día un circo de pulgas llego a la ciudad, la dueña era una vieja sonriente con una gran verruga en la nariz. Presentó el espectáculo, las pulgas montaron en bicicleta, llevaban grandes pesos de un sitio a otro, paseaban por la cuerda floja eran grandes marabalistas. La princesa pasaba por allí, vio un gran tumulto de gente y dijo a su cochero que parara. Era un imponente carro tirado por seis hermosos sementales, sus cabellos dorados y sus grandes ojos azules la hacían parecer un ángel, el vestido lleno de brillantes chocaba con los trapos de los aldeanos. La princesa presionó para que cogieran más peso, para que montaran mas pulgas en la bicicleta, hasta tal punto llego la presión que rompió una patita de la pulga Simón. En un arrebató de furia por no ver cumplida su plegaria, salió llorando y con ello el vestido se engancho en la mesa. El circo se vino abajo y muchas pulgas se fueron tranquilamente por un desagüe próximo. La dueña que sabía de la conducta de la princesa se transformó en un hada bella y joven, le desposeyó de su reino. La hermana menor asumió el testigo de la princesa y todos fueron muy felices. El maleficio siguió, por que no fue capaz de ser humilde y no volvió nunca jamás a ser una princesa. 


—Que tiene que ver conmigo esta historia.
—La dificultad de reinar y ser un buen rey. Para ser un gran monarca necesitas tres cosas.
—¿Cuáles son?— respondió castañeteando los dientes.
— La primera es humildad, cualquier animal es igual que tu. La segunda es autocontrol nadie debe verte enfurecido o alterado, tus enemigos verían tus puntos débiles. Y tercero, ten fe y ganas de trabajar. Fe en el tiempo, en el trabajo y una actitud positiva que te darán la posibilidad de ser sabio.

El rey se quedo pensativo, nunca se había preocupado de nada, para eso estaba el consejo. No se interesó en mejorar su reino, habían pasado de una época miserable a una más buena. El solo había aprovechado la coyuntura.
El cocodrilo al fin dijo.
-¿Que puedo hacer? Si no llueve toda medida es poca.
- Parece que no me has escuchado, ten fe y ganas de trabajar y serás respondido. No sabes la historia de la rana y la ardilla, ellos excavaron el suelo consiguieron que brotara el agua.
Quieres que te la cuente.
-No.  - respondió el cocodrilo.—Gracias Ñu tengo que salvar mi reino.
- Adiós, lo dejaremos para otro día. 
El ñu lo vio partir, alegre de que alguien hiciera caso de un pobre viejo loco que había sido expulsado de la manada.

Sorprendentemente cuando empezaron a excavar, comenzó a llover. Llovió por días. Se celebraron las fiestas mas grandes que se recuerdan en toda la historia de la Sabana. El rey cocodrilo tomó medidas para que no volviera a pasar nada igual. 

Y fueron felices y comieron perdices. 


Moraleja: Nunca te subestimes. La sabiduría del ser humano pasa a través de las historias.



jueves, 25 de septiembre de 2014

Mirame. Mirame fijamente.




Hoy recostada a mi lado te sentía ausente. Me sentía extraño, extraño para ti, también para mi. Te veía a través del vidrio de mis gafas, con tu belleza impertérrita. Los rizos caían por tus hombros, tu pelo ensortijado hacía semicírculos concéntricos. Preparé el café de la mañana, el mio con leche fria, el tuyo un minuto en el microondas. La mañana estaba fría, llovía. Las nubes descargaban mucha agua, la visibilidad en el coche era prácticamente nula. La hora pasaba lenta, el pequeño motor rozaba la zona roja de las revoluciones, no decías nada, ya conocías mi manía, odiaba llegar impuntual. Tu mano rozó la mía cuando cogíamos la curva hacia la derecha. En ese momento como una realidad pasada, me percaté de ti. Perdona cariño, él que estaba ausente era yo. Redescubrí tus caricias, te miré fijamente. Volví otra vez a comprenderte, me reencontré con tu corazón. Absorto en los quehaceres diarios, en las intransigentes y aciagas mañanas. Donde estar separado de ti era ciertamente el mayor de los tormentos.


"Mirame fijamente"


"Mírame fijamente hasta cegarme
mírame con amor o con enojo
pero no dejes nunca de mirarme
porque quiero morir bajo tus ojos


cuando me mira subo a los cielos
porque tus ojos son dos Estrellas
que me iluminan cual dos luceros
el caminito de primavera


mirame fíjamente hasta cegarme
mírame con amor o con enojo
pero no dejes nunca de mirarme
porque quiero morir bajo tus ojos


esos ojazos me enloquecieron
de tal manera con su mirar
que ya no puedo vivir sin ellos
y eso me obliga siempre a cantar


mirame fíjamente hasta cegarme
mírame con amor o con enojo
pero no dejes nunca de mirarme
porque quiero morir bajo tus ojos"

Grandiosa canción de Alejo Duran.



Mi más sentido homenaje a dos personas que se amaron con el alma.



Solo un vallenato
siente el acordeón
como una pieza
fundamental de su alma.